Estudio y Enseñanza
Filtrar¿Sabías que la palabra “trabajo” proviene del término latino tripalium, que designaba el caballete utilizado para torturar y azotar a los acusados? Sorprendente, ¿verdad? ¿O que un kilogramo de plomo y uno de paja puestos en dos básculas iguales no van a marcar lo mismo? Y es que, querido lector, el motor de cualquier ciencia es la curiosidad humana, la inquietud que nos lleva a preguntarnos acerca de lo que existe, del porqué de las cosas. Todo –o casi todo– tiene un por qué. Y la intención de este libro es mostrarlo de una manera didáctica, entretenida, lúdica, poniendo de manifiesto con un lenguaje sencillo y cotidiano hechos y personajes que hacen bueno aquello de que la realidad siempre supera a la ficción. Aquí encontrarás 365 píldoras de conocimiento y sabiduría para que disfrutes aprendiendo y que de paso sacies tu sana curiosidad con divertidas anécdotas.
* En el imaginario del cine, la banda sonora a menudo había sido considerada un arte mayúsculo, pero secundario. * Hoy, en cambio, es un género musical que levanta pasiones. No obstante, su historia sigue siendo muy poco conocida. * Desde las películas de la edad de oro de Hollywood hasta el cine más premiado o el más innovador de nuestros días, compositores como Bernard Herrmann, John Barry, Henry Mancini, Ennio Morricone, Alberto Iglesias, Alexandre Desplat o Jonny Greenwood han sabido entender a Hitchcock, Fellini, Godard, Almodóvar, Tarantino o Jane Campion y ofrecerles la banda sonora de sus sueños. Apoyada en algunos documentos gráficos de sus películas, esta es la historia de una música que nos encanta. «A menudo uso las mismas armonías que la música pop porque la complejidad de lo que hago está en otra parte. La música necesita una sala para respirar». Ennio Morricone
¿Utilizamos anglicismos porque suenan más modernos, porque son más concretos o para ocultar realidades incómodas? ¿Suenan bullying, mobbing o minijob más inofensivos que «acoso escolar», «acoso laboral» o «empleo precario»? ¿Cuánto dice el diminutivo que usas sobre el lugar al que perteneces? Si la hache es muda, ¿por qué no es inútil? ¿Cuánto nos enseñan los nombres de los colores sobre nuestros prejuicios lingüísticos? ¿Por qué todos hablamos como mínimo un dialecto? Preguntas como estas se formula e intenta responder Lola Pons en su nuevo libro El árbol de la lengua. La autora defiende que la pureza lingüística es tan peligrosa como la pureza racial, que la palabra tiene la capacidad tanto de prender como de apagar el fuego, que quien engaña con el discurso va a ser capaz de trampear con las cuentas y las leyes y que los escaños son, por etimología, pero, sobre todo, por lo que implica ser político, un asiento para compartir. El árbol de la lengua es un libro delicioso e inteligente dirigido a aquellos que no confunden pedantería con riqueza lingüística, ni imprecisión con llaneza. Aquellos que no se conforman con el cliché de que el cuidado lingüístico sea políticamente conservador y que la creatividad lingüística sea políticamente progresista; y aquellos que entienden, en definitiva, que la lengua que no cambie será la próxima dueña del cementerio.
Esta obra abarca todo tipo de hechos, sucesos y anécdotas singulares: lapsus históricos, meteduras de pata verbales y escritas, erratas y gazapos de todo tipo, despistes, disparates y, en general, cualquier tipo de errores no intencionados, protagonizados por personajes famosos o no de todos los ámbitos, todas las épocas y todas las procedencias geográficas. El autor nos hará conocer cómo algunos lapsus o errores de comprensión han dado lugar a nombres de países; cómo mínimos errores de programación han causado a la NASA pérdidas de millones de dólares o cómo ciertos desfases hicieron que el papa Juan I encargase a un erudito un nuevo cómputo de años que estableció que Jesucristo nació hacia el año 4 antes de Cristo.
