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ISAAC NEWTON lideró la revolución científica que tomó Occidente al asalto en el siglo XVII y cuyo punto álgido fue la publicación en 1687 de los Principia Mathematica, obra en la cual Newton postuló un cosmos armado por tres leyes que regían el movimiento y por una fuerza atractiva de alcance universal: la gravedad. A estas aportaciones fundamentales aún hay que sumar la invención del cálculo y las bases de la óptica para componer la figura de un genio sin parangón. Considerado por todos ello como la personificación misma del racionalismo, la realidad es que fue un hombre de personalidad compleja y difícil que se enzarzó en agrias disputas con ilustres contemporáneos como Leibniz o Hooke y dedicó la misma energía intelectual a la ciencia que a la alquimia o la teología.
NIELS BOHR es una de las figuras clave de la revolución cuántica que tomó al asalto la ciencia del siglo xx. Su modelo atómico, de estados de energía cuantizados, supuso una transformación de los límites del conocimiento al abandonar el modelo mecanicista de la física tradicional. Fue además el más importante valedor de la nueva teoría, y defendió sus más profundas implicaciones físicas y filosóficas frente a escépticos de la talla de Albert Einstein. Hizo de su Copenhague natal el centro mundial de la física teórica, aunque la llegada al poder del nazismo lo obligó a abandonar Dinamarca para instalarse en Estados Unidos. Al final de la contienda abogó activamente por el desarme, por la internacionalización de la ciencia y por el empleo pacífico de la energía nuclear.
Pierre-Simon de Laplace influyó notablemente en la globalización de la ciencia y de la técnica que tuvo lugar a lo largo del siglo XIX. Con el apoyo de Napoleón dibujó las instituciones científicas de la nueva Francia posrevolucionaria y suya fue la firma al pie del decreto que hizo obligatorio el uso del sistema métrico decimal. Nadie pudo acusarle, ni entonces ni ahora, de no merecer tan alta responsabilidad: dotó a la física newtoniana de una sólida armazón matemática y sistematizó los resultados dispersos de la emergente disciplina de la probabilidad. Su éxito a la hora de modelizar los más distintos aspectos de la realidad le convenció de que todo estaba determinado: la espontaneidad y el libre albedrío no son, afirmó, sino meras ilusiones.
Más allá de los logros científicos, del hallazgo de la radiactividad y de los dos Premios Nobel, esta biografía muestra a Marie Curie como una luchadora que se dedicó a la investigación hasta el límite de sus fuerzas y que alcanzó cotas impensables para las mujeres de su época, como la de convertirse en la primera profesora en los más de seiscientos años de historia de la Universidad de la Sorbona. Asimismo, Adela Muñoz indaga en la relación de Marie Curie con su marido, el físico Pierre Curie, con el que formó uno de los más fructíferos equipos de trabajo de la historia de la ciencia, a pesar de que él estaba relegado en un puesto secundario dentro de la comunidad científica francesa.
