PERIFERICA

PERIFERICA
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Dalègre es un afable bon vivant oriundo de Nevers, donde vive feliz hasta que, un buen día, harto de disfrutar de los placeres mundanos que le ofrece esa pequeña ciudad de provincias en el centro de Francia, decide visitar París. Allí coincide con Gardilanne, un amigo de su juventud. Sus estilos de vida son la noche y el día: mientras que Dalègre es el alma de todas las fiestas, Gardilanne es la personificación de la frugalidad, lleva una vida –en exceso– ordenada, apenas tiene trato con sus semejantes y no se le conocen inquietudes de ninguna clase. Sin embargo, pese a su aparente imperturbabilidad, una pasión lo consume en secreto: a diario, haga el tiempo que haga y con la avidez de un cazador, Gardilanne se entrega febrilmente a recorrer anticuarios y ropavejeros con el fin de ampliar su colección de objetos raros y valiosos. Gardilanne está especialmente encandilado con las fayenzas de Nevers, «las cerámicas más hermosas de toda Francia», y le encomienda a su amigo la misión de aprender a reconocerlas y de procurárselas para engrosar su gabinete de maravillas. Al principio, Dalègre se tomará el encargo como un nuevo divertimento con el que entretener sus días en la plácida provincia, pero poco a poco se irá convirtiendo en una obsesión devoradora. Un vicio pernicioso que desata una rivalidad irracional entre los dos amigos en esta divertida sátira sobre el afán de propiedad y sus servidumbres.

Sumar relata una marcha, que parece interminable, de vendedores ambulantes que avanzan por la ciudad y la Historia hacia «la moneda» (con minúsculas, jugando con la relación entre el centro de poder, el Palacio de La Moneda, y esa «monedita» que piden algunas voces). En esta exigente novela conviven el lenguaje popular y el lenguaje culto: ambas formas confluyen para dar tensión al texto. Incluso tensión política. Los nombres de algunos de los personajes principales remiten a distintos luchadores y obreros del Chile de principios del siglo xx, y el carácter asambleario del relato nos recuerda algunas prácticas necesarias no tan lejanas en el tiempo. Carentes de esperanzas, los trabajadores del mundo repiten a diario la tragedia de la explotación capitalista. Este usufructo de toda capacidad humana se intensifica cuando el sujeto es su propio explotador; tal es el caso de los vendedores ambulantes, quienes toman la palabra en Sumar para reunirse con otros ciudadanos vejados por un orden estatal que parece divino y comenzar su marcha.

¿Qué tienen en común el caballo de Troya y los jabalíes de Obélix, la famosa loba romana y el monstruo del lago Ness? ¿Qué sabemos realmente de los animales de la Biblia (la serpiente del pecado original) y de la Mitología (el Minotauro) o los cómics (Mickey, Donald)? Gracias a su cordial erudición, el gran historiador Michel Pastoureau nos deleita, como en un diálogo que no quisiéramos abandonar nunca, con tradiciones, leyendas y sucesos reales. Apasionante y ameno, con un lenguaje que nos hace «cómplices» de lo que se nos está contando, éste es uno de esos libros que no puedes dejar de recomendar. No tiene, además, la ambición de ser una historia general de los animales, sino una historia particular, rica en anécdotas tanto para el profesor como para el «simple» lector curioso.

Una antigua costumbre social –la de visitar a los enfermos– se convierte, en esta nueva novela de Vicente Valero, en el pretexto único para la creación de un original y atractivo mosaico de historias y retratos. Como en Las transiciones (Periférica, 2016), el narrador vuelve a los años de la infancia y a su isla natal para indagar en el estado de una sociedad que está a punto de asistir a la muerte de Franco y al comienzo de la Transición con sensaciones encontradas, las propias de un viejo y anquilosado mundo que se derrumba y en el que sólo el turismo reciente parece haber empezado a ejercer un papel novedoso y modernizador. Pero Enfermos antiguos, además de ser un retrato implacable de la sociedad de aquellos años, es sobre todo una novela sobre la infancia, con sus insólitos descubrimientos y efímeras certezas, que propician un jugoso y divertido anecdotario, y su persistente atmósfera familiar, la misma con la que el autor construyó Los extraños (Periférica, 2014): la historia, en fin, de un convulso aprendizaje en tiempos de cambios profundos y decisivos, en la que el lector podrá encontrar situaciones y personajes tan cercanos como inolvidables.

El bombardeo nazi de Florencia en agosto de 1944 destruyó el manuscrito de la novela que Anna Banti había dedicado a la figura de Artemisia Gentileschi. Banti encontró en la gran pintora del Barroco (1593-1652/53), silenciada por una historia del arte eminentemente masculina, el símbolo universal de mujer luchadora y en incesante pugna por la reivindicación de su dignidad, y también una «compañera entre los escombros», una amiga imaginaria que compartía con ella la carga de una permanente desconfianza del entorno hacia sus cualidades. Así, poseída por la voz y la mirada de una mujer de hace más de trescientos años, Banti puso en pie una nueva obra, poliédrica y poética, escrita en dos tiempos y, en cierto sentido, contra el curso del tiempo y «su irreparable corriente». Un coro a dos voces: la de una mujer borrada por la Historia y la de otra que apuntala un presente en ruinas. Artemisia, hija del pintor Orazio Gentileschi, compañero de Caravaggio, fue violada a los diecisiete años por su profesor de pintura, y humillada y torturada en un posterior juicio por estupro. Su venganza fue imponerse como artista, otorgando a las mujeres de sus lienzos (a Judit y a Susana, a Betsabé y a Lucrecia, a Cleopatra y a María Magdalena) un protagonismo incómodo y fascinante para su siglo, y que alcanzó un inaudito reconocimiento. Con una escritura sensorial y medidamente culta, Banti reconstruye la cotidianidad de una pintora itinerante a la fuerza, pero también ahonda en la complejidad psíquica de una vida marcada por las ausencias. Lejos de limitarse a la observación imparcial, la literatura de Banti continúa, como un misterio mayor, allí donde la historia se detiene, como la pintura de la propia Artemisia, con una libertad pura surgida de unos tiempos miserables. Una obra de profunda sabiduría moral y estilística, una de las cimas de la novela italiana del siglo xx.

Un gran clásico inglés, canto a la vida sencilla de un jardinero inolvidable. Una novela que estimula los sentidos, atempera el espíritu y apacigua el corazón maltrecho. Si un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo, éste hace realidad como ningún otro ese proverbio árabe, pues recrea la historia de uno armonioso y encantador, un verdadero vergel: narcisos, orquídeas, y dalias brotan de sus páginas, cultivadas con mano maestra por el inefable Herbert Pinnegar, responsable del jardín de la mansión de los Charteris. Con Pinnegar aprendemos que la paciencia, la tenacidad y la gratitud son virtudes necesarias para quien está expuesto al rigor de las estaciones y a los esplendores fugaces, ¿acaso no querríamos un mundo en el que todos lleváramos un jardinero dentro? Publicado en 1950 la idea del jardín supondrá el contrapunto en una sociedad que acaba de superar una guerra: un lugar de ensueño, una metáfora de la buena vida y una promesa de felicidad.

Comenzado cuando Benjamin conoce y se enamora de la revolucionaria letona Asja Lacis, a quien va dedicado, Calle de sentido único es un texto que inaugura una nueva forma de hacer literatura y de pensar la estética. Antes que una simple recopilación de clarividentes aforismos (sobre la realidad política de una Alemania de Weimar que hoy resuena siniestramente familiar o acerca de una sutil psicología del amor), este libro es un mapa urbano ordenado según la lógica de los escaparates de una galería comercial. La voluntad de Benjamin era, en palabras de su amigo Theodor Adorno, «contemplar todos los objetos tan de cerca como le fuera posible, hasta que se volvieran ajenos y le entregaran su secreto». Y este secreto nos habla tanto de nuestra manera de relacionarnos con las cosas de la vida cotidiana como de los sueños que proyectamos sobre ellas: en los paisajes dibujados en los sellos y los billetes, en la fe del madrugador o en la experiencia de la infancia como la de un tiempo proyectado hacia el futuro. Benjamin encontró en Calle de sentido único una escritura que se emancipa del pretencioso «gesto universal del libro» y apuesta por un nuevo modo de entender lo estético en folletos y carteles, en archivos y catálogos, en la resistencia a desaparecer del efímero tiempo de la vida. Desde su publicación en 1928,

Gretel, la protagonista treintañera de esta fascinante y a ratos perturbadora novela, se reúne con su madre, Sarah, que ahora sufre de alzhéimer, dieciséis años después de que ésta la abandonara. Gretel es lexicógrafa y se gana la vida actualizando entradas de diccionarios, así que sabe bien que las palabras no son inmutables: tampoco lo son los recuerdos ni la vida que se ha construido sobre ellos. Hasta el momento, Sarah ha sido para su hija «como un fantasma sentado a su mesa que devora toda la comida», pero cuando, después de una incansable búsqueda, por fin tiene la oportunidad de formular las preguntas que la atenazan desde que era una adolescente, la memoria de su madre ya no es una línea recta, sino sólo una confusa serie de círculos deflectores que se trazan para luego desdibujarse. Antes de la separación, madre e hija vivieron juntas en una casa flotante en los canales de Oxford, un entorno de aislamiento salvaje, plagado de supersticiones y de gente a la que no le gusta estar en tierra firme mucho tiempo. Un escurridizo territorio remiso a la ley y a la geografía donde viven libres y soberanas, pero acechadas por el Bonak, una criatura mítica, que sea en forma de tormenta que amenaza su barco o de incendio que arrasa el bosque, es la encarnación de todos sus temores. Su «normalidad» queda trastocada con la aparición de Marcus, un joven vagabundo al que dan acogida en su barco y que llega de manera tan misteriosa como desaparece. ¿Qué secreto se oculta en la figura de Marcus?, ¿qué pasó realmente aquel último invierno en el río? En una suerte de reelaboración del mito de Edipo en clave transgénero, y con una maestría insospechada en una escritora de tan sólo 28 años, la finalista más joven del premio Booker, Daisy Johnson aborda asuntos como la complejidad de las relaciones entre madres e hijas, los prejuicios de género o la construcción de la propia identidad sobre los cimientos de vivencias poco convencionales. Johnson nos invita, con una escritura intensa, calma, como una nota sostenida, y el encantamiento propio de los cuentos infantiles, a atravesar un intrincado laberinto de emociones turbias, atmósferas sobrecogedoras y destinos inevitables.

Después de terminar El ángel que nos mira (1929), su primera y aclamada novela, el joven escritor Thomas Wolfe comienza a trabajar en el manuscrito de su segunda gran obra. Lo que el autor, todavía inmaduro, no alcanza a prever es que esa experiencia se va a transformar en una aventura intelectual y emocional que durará más de un lustro. Pronto los poderes del arte se revelarán como fuerzas descomunales que amenazan con destruirlo todo, incluso a su creador, casi ahogado en la tempestad de unos materiales que parecen escapar a su gobierno. Crónica apasionada sobre la escritura de un libro, despliegue de esa voz torrencial que hizo del estilo de Wolfe algo tan característico, esta Historia de una novela es también un documento maravilloso que nos permite asomarnos a las intimidades de un proceso creativo y, a la larga, nos obliga a establecer conjeturas acerca de las complejas relaciones entre un autor y su editor, que en este caso es nada menos que Maxwell Perkins. El excepcional editor, descubridor de Scott Fitzgerald o Hemingway, es el protagonista secreto de esta historia, un artista a su manera, encargado de modelar la segunda novela de Wolfe a partir de la incontinencia verbal del autor. Rara vez como en este texto es posible ver tan bien difuminados los límites entre la honestidad rotunda y la impostura más radical.

En junio del año 2010 se subastó en París una cabeza de mujer, una de las veintisiete esculturas modeladas por Amedeo Modigliani que se conservan, por 43 millones de dólares, el precio más alto pagado nunca en una subasta de arte hasta ese momento en Francia. La pieza jamás se había exhibido en público desde que un coleccionista privado la adquiriera en 1927. La escritora Élisabeth Barillé encuentra meses después el catálogo de Christie’s en la sala de espera de una consulta médica y, al observar la talla, un nombre le viene a la punta de la lengua, uno que en su juventud había descifrado en los libros antiguos llegados en los baúles de sus abuelos rusos emigrados: ¿no es Anna Ajmátova la persona de carne y hueso que hay detrás de la figura? Cien años antes, en mayo de 1910, la gran poeta rusa, nacida el mismo año que la Torre Eiffel, había llegado a París para pasar su luna de miel: a pesar de sus maneras contenidas y algo ensimismadas de muchacha de buena familia, no puede resistirse al influjo de una de las ciudades más atractivas del mundo, lugar de peregrinación y extravío para cualquier espíritu amante de la modernidad. París aún se recupera de una catastrófica crecida del Sena, sucedida meses atrás, y espera el paso del cometa Halley: un efecto parecido a la fuerza natural de ambos acontecimientos se desata en el espíritu de la escritora rusa desde el momento en que se encuentra, un día cualquiera en Montmartre, con el virtuoso artista italiano. Amedeo Modigliani, por su parte, malvive en París desde hace varios años, siempre lleva una chaqueta de terciopelo y una reproducción en el bolsillo de El muchacho con chaleco rojo, de Cézanne, que besa como una estampita. Trabaja sin descanso «en busca del rayo que despierta y la luz que fulmina», él no quiere limitarse a reproducir la línea: se la quiere llevar con él. Sin embargo, sus obras no consiguen despertar el interés entre los compradores de arte del momento. Modigliani no encaja en ninguna escuela ni etiqueta, pero su personalidad artística única se verá en cierto modo refrendada tardíamente por esa cantidad exorbitante que desembolsa un coleccionista anónimo en una sala de subastas parisina cien años después. De aquel encuentro fortuito y definitivo surge Un amor al alba: un fabuloso recorrido por las biografías de dos de los personajes más fascinantes del siglo XX y por el París de principios de ese siglo, lugar de reinvención, propiciadora y mítica capital de la tentación.

El narrador de Los montes antiguos regresa a la casa familiar, en Soria, tras la muerte de su padre. Allí ha de hacerse cargo de una tierra que, lejos ya de la idealización de otros tiempos, reclama ahora el cuidado de los árboles, el desbroce de la maleza, los preparativos para combatir el fuego. En sus sucesivas estancias en este territorio de límites imprecisos, entre el campo y la pequeña ciudad de provincias, descifrará «un ritmo que no se acompasa sino a sí mismo», el de una naturaleza que se sabe «lejos de la guerra de los argumentos». Pero, también, desvelará una callada e insidiosa conciencia de la Historia: la de aquellos hombres y mujeres olvidados (paisanos y forasteros, fugitivos, hombres de palabra, gentes de oficio pegado a la tierra, muchachas fabuladoras, visionarios del pasado, soñadores de la revolución ) por los que pasaron una república y una guerra civil, las migraciones de la supervivencia , y la vida, en resumen, en sus aspectos más tenues y reveladores. Con su bellísima prosa, impregnada de la viveza del habla popular, y una singular cadencia de pensamiento, entre la novela y el ensayo más intuitivo, Los montes antiguos es una ambiciosa indagación contra cualquier naturalismo ingenuo o nostalgia edulcorada. Contra el mito de un país edénico, pero también contra la desmemoria. Una suerte de geórgica virgiliana moderna atravesada por la contingencia que compara en el fiel de la balanza, con una misma sospecha, naturaleza e historia.

¿Es posible que un ser humano sea capaz al mismo tiempo de lo peor y de lo mejor? La nueva novela de Kim Thúy tiene clara la respuesta: no existen las pasiones puras; el odio más recalcitrante puede estar entreverado con el amor más genuino. En pequeños capítulos, la autora desgrana la tragedia del pueblo vietnamita (y, en realidad, la de cualquier pueblo asolado por una guerra interminable) hasta nuestros días desde la llegada de los colonos que explotaron las plantaciones de caucho, tragedia que continuó con aquello que los estadounidenses llaman guerra de Vietnam, y los vietnamitas, guerra estadounidense. Apoyándose en un sólido material documental y en los testimonios de aquellos que vivieron la guerra en el lado asiático, Thúy alterna las reflexiones sobre la Historia, la identidad y el lenguaje, a la vez que teje un conmovedor tapiz con los hilos de los azarosos destinos individuales de quienes sobrevivieron y sucumbieron a las calamidades de décadas de conflicto: jirones de memoria colectiva y personal trenzados de luces y sombras.

Desde su observatorio solitario en la séptima planta de un edificio de viviendas, el narrador sin nombre de La avenida radiografía la Ciudad de Dios, una metrópoli decadente y moderna habitada por una nueva clase social, el Gran Relleno. También desde el Bar Porcacci observa la vida de los vecinos de aquel barrio paria (llamado la Pequeña Rusia durante los años del fascismo) que erigió, con olvidado heroísmo, la belleza de la ciudad eterna. Por último, este extraviado y lúcido hijo del siglo XX analiza su propio desencanto: aspirante a historiador del arte, funcionario propenso a las corruptelas, excomunista sin nostalgia. Como ya hiciera en La vida en tiempo de paz, Francesco Pecoraro levanta un gran fresco del fin de una época, la nuestra. Su proyecto narrativo posee la ambición de los inventores de la novela moderna: Auto de fe, Los sonámbulos, Berlin Alexanderplatz o Manhattan Transfer. Su estilo acerado abarca la digresión filosófica, la escena satírica, la indagación sociológica. Y su Ciudad de Dios, una Roma que nos recuerda que no ha agotado su capacidad simbólica, se nos presenta como la gran metáfora de nuestro tiempo: con un futuro ya muerto que se desangra sin utopía.

Recién salido de la universidad, al protagonista de El capitalista simbólico lo contratan las Guías Michelin para «atender las inquietudes de los ricos» desentrañando aquello que convierte una experiencia turística en sublime. Aunque apenas visita los lugares que debe puntuar con estrellitas y se limita al plagio de otras guías, cobra un sueldo que le asusta por lo elevado: se sabe un fraude. Además, acaba de abandonar una prometedora carrera deportiva y empieza a coquetear con las élites culturales barcelonesas. Él, hijo de obrero y de ama de casa, vive con una peculiar culpa de clase la promesa de ascenso social de los años noventa, momento en que arranca un periplo marcado por la especulación y el endeudamiento del país, «una década consagrada al epíteto»: un éxito rotundo. El capitalista simbólico culmina con maestría el ciclo de novelas de aprendizaje que comenzó con El enfermero de Lenin y Retrato del futbolista adolescente, un friso narrativo sobre el desclasamiento en España a partir de la generación formada por los hijos de trabajadores emigrados a los extrarradios metropolitanos, mujeres y hombres en los que se depositaron numerosos anhelos aspiracionales. Humorístico, tierno y con un estilo profundamente irónico (y un narrador autobiográfico que combina lucidez y tontería), Valentín Roma es el gran cronista de los sueños desnortados de la España reciente. Y esta hermosa novela, tan picaresca como reflexiva, una verdadera epicomedia del desclasamiento.

Reinhold Duschka es un héroe secreto. En la Viena anexionada por la Alemania nazi, este modesto artesano y alpinista apasionado escondió en su taller a Regina Steinig y Lucia Kraus, madre e hija judías. Resistiéndose a los honores durante décadas, Reinhold continuó su vida con la misma discreción hasta que, finalmente, a sus noventa años, aceptó la distinción de Justo de las Naciones, concedida por Yad Vashem, el Centro Mundial de Conmemoración del Holocausto, en Jerusalén, por unos hechos que sus familiares y amigos más allegados desconocían. Erich Hackl, uno de los más brillantes narradores europeos de la actualidad, reconstruye la vida de este héroe esquivo por modestia; pero también, con una escrupulosa atención a los detalles reveladores, la historia de un siglo de resistencias silenciosas, de un compañerismo profundamente humano afianzado en el intangible lazo de la confianza mutua. Así pues, La cuerda invisible es una lección de escritura oral y coral, de virtuosismo literario y de sabiduría empática. Un relato verídico que contiene en su interior, sugeridas y exactas, muchas novelas.

Junio de 1935. Giulio Giamò, un joven piloto italiano, es enviado a Abisinia en su ligero trimotor, el Vida Nueva. Vuela con una felicidad casi insoportable, siempre al sur, donde la vida es extraordinaria. Conoce a un capitán que sólo sabe de la guerra por el cine, a un papagayo filósofo, a una esclava con libélulas por pendientes Extraños personajes que le ofrecen una nueva y desafiante visión del mundo. A Giamò lo apodan Mosquito porque aterriza en cualquier terreno imposible. Y su misión es secreta, incluso para él: debe entregar al gran negus, el rey Haile Selassie, una declaración de guerra firmada por Mussolini. Un vuelo mágico es un libro sin tiempo y sin edad, escrito para el niño que vive en el adulto, y viceversa. Una bellísima fábula con el encanto oral de Las mil y una noches, la precisión de Italo Calvino y un agudo sentido de la poesía. Una mezcla personalísima, entre la certeza de la Historia y las verdades éticas de los sueños, que ha convertido a Giovanna Giordano en una autora de culto de la literatura italiana reciente, galardonada dos veces con el prestigioso premio Racalmare Leonardo Sciascia. «Giovanna Giordano parece tener tatuado el don de la escritura en la punta de los dedos.» Abel Wakaam

Teresa y Carolina Materassi son dos hermanas en la cincuentena que siempre han estado juntas y que se ganan desahogadamente la vida como bordadoras y costureras de lencería fina en un pueblito a las afueras de Florencia. Por sus manos pasan los ajuares de todas las muchachas casaderas de las buenas familias de los contornos; su fama de excelentes artesanas les ha granjeado la prosperidad de su negocio, el incesante desfile de las señoras de la aristocracia y la curia florentinas, e incluso una audiencia con el Papa. No siempre fue así. Las Materassi tuvieron que cargar desde jovencitas con las consecuencias de tener un padre derrochador y consentido que dilapidó el patrimonio familiar. Sólo contaron con su talento y su capacidad de sacrificio para responder a los acreedores y mantener la heredad, convertida ahora en un santuario de trabajo y de virtud. Pero su abnegación y su renuncia las han convertido también en dos seres exiliados de la vida. En este régimen ordenado, que en ocasiones parece una habitación cerrada a cal y canto, cae como un rayo un joven sobrino, Remo, cuyo cuidado les confía otra hermana que acaba de morir lejos de la familia. La vitalidad, el misterio, la alegre irresponsabilidad y, sobre todo, la belleza del muchacho provocan un vuelco catártico en la vida de las hermanas, y el contrapunto entre ambas formas de estar en el mundo dará lugar a momentos que destilan una sutil e incesante comicidad. Un narrador punzante y burlón relata la fascinación de las mujeres por el hermoso adolescente, que despierta en ellas una agitación que parecía extinguida y las arrastra a una huida hacia adelante con un sustancioso viraje final y humor, un acerado juego de espejos psicológico siempre suspendido en el filo entre la risa y la melancolía, la ironía y la compasión.

A sus catorce años, Mouchette ya conoce la cara más amarga de la vida: su padre es un alcohólico que la muele a palos y su madre es una mujer distante; las compañeras de clase se ríen de ella, saca de quicio a la maestra y los vecinos de su aldea la odian y la temen a partes iguales. A la miseria y a la brutalidad que la rodean, la arisca e indomable Mouchette opone un orgullo adamantino, fiero, y la opacidad de un alma insondable encerrada en un círculo de silencio. En un universo asfixiante, donde toda verdadera comunicación parece imposible, Mouchette ha conquistado sus pequeños momentos de libertad y rebeldía, siempre ligados, sin embargo, a una irreductible soledad. Una noche de tormenta, perdida en el bosque donde intenta resguardarse del aguacero, Mouchette se encontrará con el joven Arsène, un cazador furtivo, la única persona a quien la muchacha admira y que despierta en ella un sentimiento tan tierno como inconfesable. Pero ¿qué ocurre cuando aquel que representa todo lo bello y valioso para la niña le inflige la herida más profunda y dolorosa de su existencia? Escrita con un lirismo a la vez sobrio y desgarrador, con un estilo que oscila entre el realismo más crudo y la visión onírica, Bernanos consigue plasmar el radical desamparo, el absoluto aislamiento de un corazón que, en medio de tanta hostilidad, ha perdido ya toda inocencia. Tan breve como intensa e inolvidable, Mouchette, llevada al cine magistralmente por Robert Bresson en 1967, es una de las grandes obras de la literatura francesa de todos los tiempos.

Las cartas que madame de Sévigné escribió a la condesa de Grignan, su hija, han pasado a la historia por ser una cima absoluta de la literatura epistolar, aún más, de la literatura amorosa. En efecto, la marquesa de Sévigné, viuda de un vividor, vuelca en su hija recién casada un amor filial complejo y anhelante, hasta descubrir alarmada, por más que Sévigné no sea ninguna beata que la ama más que a Dios. Figura destacada en la brillante corte de Luis XIV, ese Grand Siècle en el que coincidieron los espíritus más ingeniosos, esta salonnière, amiga íntima de madame de La Fayette y de François de La Rochefoucauld, brilla por su inteligencia, su ironía, sus pullas y la frescura y gracia de su estilo, por su prosa espontánea y zigzagueante como una conversación. Las modas, los embarazos que enferman a las mujeres, la querella de los antiguos y los modernos, las murmuraciones de la corte o la fugacidad de la vida, todo lo abarca esta mujer imparable en la vida pública de su tiempo que posee las virtudes analíticas de una psicóloga, el apasionamiento de una novelista y la sagacidad de una filósofa. De las más de mil cartas que se conservan de madame de Sévigné, la escritora Laura Freixas ha seleccionado y traducido aquellas donde brillan su radical modernidad y la viveza de su estilo, que admiraron, entre otros, Virginia Woolf o Marcel Proust.

Una emocionante historia de amor en el París de los años 50 que también es una novela sobre el trabajo, la fábrica, el racismo, la explotación laboral y la vida de verdad. Premio Femina 1967. Élise es una joven de veinte años reservada y modesta que apenas si se preocupa por tener una vida propia, subyugada como está por la relación maternal y protectora que la une a su hermano pequeño. Los dos son huérfanos y llevan una existencia precaria pero tranquila junto a su abuela en Burdeos. El hermano, buscando otros horizontes y dispuesto a iniciarse en la vida militante a toda costa, se traslada a París. Élise le sigue los pasos y conseguirá un empleo en la cadena de montaje de una fábrica de automóviles, donde comienza a ser consciente de la vida de verdad: la exigencia productiva implacable para satisfacer un incipiente consumo de masas; la tensión racial entre, por un lado, los trabajadores franceses y, por el otro, los inmigrantes argelinos, marroquíes o españoles; la dificultad de desenvolverse en la gran ciudad y sus periferias, cuya presencia es tan desasosegante y solitaria a veces como fascinante otras. En la fábrica entra en contacto con Arezki, un compañero argelino que sufre, como la mayoría de sus compatriotas, el trato arbitrario y desconsiderado de los patronos y de la policía, que ve en todos los argelinos de París células subversivas de apoyo a la independencia, por la que en ese momento se libra una cruenta guerra (corre el año 1957). Poco a poco y en secreto, la distancia de sus respectivos mundos se reduce hasta diluirse en una arrebatada y emocionante historia de amor. «La lectura de Élise o la vida de verdad me marcó profundamente.» Annie Ernaux en L’Humanité

En 1942, Marie Jalowicz, una judía berlinesa de diecinueve años, decidió que haría lo imposible para evitar los campos de concentración. Abandonó la fábrica de Siemens donde era trabajadora forzosa, se arrancó la estrella amarilla, asumió una identidad falsa y desapareció en la ciudad. En los años siguientes, Marie se escondió donde se le ofreciera refugio, viviendo con los más insólitos anfitriones, desde artistas de circo y comunistas hasta nazis. Sin embargo, la compasión y la crueldad a menudo son dos caras de la misma moneda. Cincuenta años después, unos meses antes de su muerte, Marie contó su historia por primera vez. Narrada en su propia voz con una honestidad inquebrantable, Clandestina es un libro como ningún otro sobre la vida cotidiana en el Berlín de la guerra.

Desde hace veinte siglos se especula sobre los años oscuros de Jesús, aquellos que la Biblia no cuenta, desde su adolescencia hasta sus treinta años. Muchas veces esas hipótesis responden a una limitada perspectiva teológica: un Jesús embellecido por un destino que ya conocemos, ser el hijo de Dios. Pero ¿y si todo fuera a la vez más complejo y hermoso, más humano? ¿Y si el vía crucis de Jesús, como el de cualquier vida atenazada por el dolor, la desesperación y el abandono, hubiera comenzado mucho antes? Con una prosa soberbia, precisa y agria, y una imaginación profundamente emotiva, Giosue Calaciura escribe la probable novela de formación de un antihéroe que a veces es un mendigo que alcanza la libertad a través de la desposesión, a veces un bufón y un cínico, el hijo abandonado por su padre, un Jesús enamoradizo que se prenda de las mujeres fuertes, de las repudiadas. A ratos evangelio apócrifo, a ratos leyenda mitológica y cuento de hadas, la novela nos presenta a un Jesús unamuniano, nietzscheano, algo nihilista, escéptico, incluso ateo; un Jesús que no pone la otra mejilla, que no sabe hacer milagros, que no cura las heridas y que recuerda a Telémaco, pero también a su padre, Odiseo, a Edipo y, cómo no, a Pinocho. Como en un eco mágico y solemne, los personajes de Yo soy Jesús son a la vez leyenda y desconocidos, nuevos y más vivos: María, el Bautista, Barrabás, Judas, Ana. En efecto, Calaciura trabaja como pocos allí donde historia e imaginación se unen para alumbrar una altísima literatura que devuelve el mensaje subversivo, y demasiado humano, de quien, lejos de ser Dios hecho hombre, fue un hombre vulnerable a quien se convirtió en Dios. «El lenguaje de Calaciura rebosa poesía y magia, y en ocasiones recuerda al evangelismo apócrifo de Saramago. Un lenguaje dolorosamente contenido en el umbral de una revelación estremecedora: que el hombre es un madero tan torcido que ni siquiera los dedos del más hábil carpintero son capaces de corregirlo.» Marcello Benfante La Repubblica «Yo soy Jesús es una obra literaria potente, un reto estimulante y exitoso, quizá la novela más hermosa del narrador palermitano, comparable a la epopeya de Las uvas de la ira, de Steinbeck.» Domenico Trischitta, Letteratitudine News

Nada más es un concentrado del pensamiento, la estética y la personalidad de Marguerite Duras o Duras en estado puro: un saludo a la muerte, una despedida de la escritura, es decir, de la vida en la ecuación durasiana de «morir es dejar de escribir». Un libro arrebatado sobre el amor carnal y el amor por la escritura. Una mujer dicta unas pocas frases al día a lo largo de su último año de vida. Están dirigidas a su amante, que no sólo las mecanografía, sino que también es el objeto de las pasiones tumultuosas que se desprenden de ellas. Esa mujer es Marguerite Duras, una de las escritoras francesas más importantes de todos los tiempos, quien fallece sólo tres días después de la última entrada de este libro. Si todas sus historias se desarrollan alrededor de una pérdida, en Nada más Duras narra la pérdida definitiva: la pérdida de su propia voz. Nada más es un grito desgarrador, una carta de amor fervorosa y despechada a la vez, una meditación existencial y una confidencia en la que hallamos reminiscencias y destellos de su vida y obra, lo que hacen de él un texto tan hermético como fascinante. A fuerza de pronunciar palabras terminales, Duras consigue que un posible testamento literario se transforme en un testimonio de vida, en una afirmación de que cualquier epílogo supone, también, un canto de bienvenida, que toda posteridad se reconcilia, en el minuto postrero, con las singularidades de una vida.

Henry Price, pintor inglés al servicio de la Comisión Corográfica, una expedición científica que recorre Colombia en 1850, va siguiendo el rastro de un misterioso y hábil artista local de cuya identidad apenas hay indicios y habladurías populares. Lo que empieza siendo un mero interés profesional un artista fascinado por otro acaba convirtiéndose en una obsesión, en una aventura filosófica y en un camino de aprendizaje para el pintor extranjero, que, en el curso de la expedición, acabará sumido en la vorágine política de la joven república. Ésta es la premisa que echa a rodar Peregrino transparente, una novela imponente e hipnótica en la que vemos desfilar, proyectados en el telón del siglo XIX, todos los fantasmas del mundo contemporáneo: la geopolítica de las mercancías, el racismo como táctica de dominación global, las representaciones coloniales del trópico, la destrucción de la naturaleza a manos de un capitalismo irracional, pero también las utopías y la imaginación de posibles futuros para la especie humana. Peregrino transparente, escrita con el pulso y la ambición de grandes clásicos como Zama, Moby Dick o El gran sertón, es una obra de singular virtuosismo sólo al alcance de una voz en su punto exacto de maduración capaz de mezclar géneros tan dispares como el ensayo artístico, la poesía, el wéstern o la literatura de aventuras.

Henry Preston Standish es un caballero en toda regla: goza de una exquisita educación y de una acomodada posición social, vive holgadamente en Nueva York y es un esposo fiel y un padre cariñoso. En definitiva, su apacible vida «fluye tranquilamente, sin hacer apenas ruido». Aún así, un día Standish siente el súbito impulso de salir en busca de la aventura y se embarca en el Arabella. En el viaje recuperará, lejos de sus obligaciones habituales, cierta alegría de vivir: en ese momento tiene treinta y cinco años y nunca se ha sentido mejor. Es entonces cuando la banalidad decide truncar su brillante destino: el protagonista, al resbalarse con una mancha de grasa mientras contempla la salida del sol, se cae por la borda en mitad del océano Pacífico. Excelente nadador y templado de espíritu, Standish elucubra sobre sus posibilidades de supervivencia y bracea con la esperanza de que lo rescaten durante unas horas cruciales en las que, sin embargo, nadie a bordo advierte su ausencia. Un caballero a la deriva es una novella visionaria, una pieza magistral por su sencillez, por su tensión narrativa y porque plantea la cuestión de la existencia en sus términos más fundamentales. Una parábola tragicómica que nos hace reparar en cómo ordenamos las prioridades en nuestras ajetreadas vidas y que nos recuerda, en sentido literal y figurado, que no siempre es fácil mantenerse a flote. «Iré al grano: éste es un libro que hay que leer.» Ralph Straus, Sunday Times«Pocas veces se ha escrito sobre el desamparo de un ser humano con la intensidad e inteligencia con que lo hace este relato. (…) Hay que agradecer al autor que nos haya entregado esta historia lúcida y prodigiosa.» José María Guelbenzu, El País

«Esther Kinsky ha creado en Rombo una obra literaria de impresionante brillantez estilística, diversidad temática y obstinada originalidad. Lejos de la ensoñación ecológica sin pena ni crítica, las novelas y los poemas de Kinsky sitúan a la humanidad en relación con las ruinas que ha producido y con lo que aún queda de la naturaleza.» Jurado del Premio Kleist, 2022 En Rombo, palabra que designa el oscuro estruendo que hace la tierra al temblar, la naturaleza y la historia oral se trenzan para alumbrar un vibrante relato sobre los efectos, tanto físicos como psicológicos, de las catástrofes naturales. En mayo y en septiembre de 1976, dos seísmos arrasaron el noreste de Italia y causaron graves daños al paisaje y a su población: unas mil personas murieron bajo los escombros, decenas de miles se quedaron a la intemperie y muchas acabaron abandonando para siempre sus hogares en Friuli. «Desde entonces ha pasado media vida o más, pero la letra con la que se inscribió en la memoria de todos no se ha borrado»: Rombo es, efectivamente, una indagación sobre la memoria «animal que ladra por muchas bocas» que urden los testimonios de siete habitantes de una remota aldea entre los Alpes y el Adriático, personas que tienen que aprender a vivir a partir de la pérdida y el trauma. «En Rombo la lengua se convierte en la forma más elevada de compasión y solidaridad no sólo con nosotros, los seres humanos, sino con el mundo en su totalidad, el orgánico y el inorgánico, que habla a través de diversas voces vivas. Un milagro de libro.» Maria Stepanova, autora de En memoria de la memoria«Rombo es una conmovedora novela que entrelaza magistralmente la historia natural y la memoria.» Thomas Hummitzsch, der Freitag«En Rombo la tierra habla. Con gran destreza, Kinsky da vida al mundo natural que la rodea. Esta novela ofrece un poderoso antídoto contra el trauma, contra esa incapacidad de narrar el dolor, a través de la lengua y de las infinitas posibilidades de la descripción.» Matthew Janney, The Financial Times

En su nueva novela, Hachemi se atreve con la ficción especulativa y, al igual que los grandes clásicos del género, logra aproximarse a nuestras preocupaciones más acuciantes a bordo de un artefacto lúdico, poético y de imaginación desbordante que nos obliga a observar el mundo que habitamos con ojos nuevos. Con la misma desenvoltura que demostrara en su debut (Cosas vivas, Periférica, 2018), Munir Hachemi se atreve con la ficción especulativa ¿acaso no son especulativas todas las ficciones? y logra articular en El árbol viene un dispositivo tan insólito como alucinante. A través del relato del Arqueólogo, que se intercala en la narración con fragmentos de su diario y de los informes que escribe tras un período de convivencia con los mulai, los lectores se adentran en la historia de una civilización surgida por accidente, fruto de una misión espacial que cayó en el olvido. Los mulai no sólo han conseguido sobrevivir y perpetuarse en unas condiciones climáticas extremas, sometidos a unas estaciones imprevisibles, sino que han desarrollado una forma de relacionarse que tiene algunas características de lo más inspiradoras: cada individuo trabaja cuando y en lo que quiere, no hay jerarquías sociales, no existe la propiedad y siempre se agrupan de tres en tres. El dios al que rezan, Dog, sólo puede ser objeto de agradecimiento, nunca de súplica, y el cierre de sus oraciones siempre es ternario: «El árbol viene, el árbol viene, el árbol viene», para ellos, el vago recuerdo de una tierra frondosa funciona como el de un paraíso perdido. Al igual que los grandes clásicos del género, y valiéndose de saberes tan diversos como la lingüística o la filosofía, Hachemi se aproxima a nuestras preocupaciones más acuciantes la emergencia ecológica que nos acecha, los desmanes de unas dinámicas de consumo que condicionan casi todas las facetas del ser humano a bordo de un artefacto lúdico, poético y de imaginación desbordante que nos obliga a observar el mundo que habitamos con ojos nuevos.

A veces confundimos París con la estampa bohemia de la margen izquierda del Sena, la conocida rive gauche. Pero, en el período de entreguerras el escenario principal de la vida artística, literaria y mundana de la Ciudad de la Luz fue la otra orilla: la olvidada rive droite. Tras el desastre de la Gran Guerra, corrían vientos de revolución en las costumbres y las artes. Fueron los años de la emancipación de la mujer, de los bailes frenéticos y de la acción política, de la provocación surrealista y del nacimiento de la novela moderna. Los años de Henry Miller y Anaïs Nin, Raymond Roussel, Marcel Duchamp, Elsa Triolet, Simone de Beauvoir, André Malraux, Marcel Proust, Colette, Vita Sackville-West, Louis-Ferdinand Céline, Jean Genet, Coco Chanel, Jean Cocteau, Sonia Delaunay, Marina Tsvietáieva, Isadora Duncan, Stefan Zweig Y de otros muchos que convirtieron la ribera derecha en el centro del mundo. Con la estructura de una peculiar guía de viaje que nos descubre un mundo desaparecido, La otra mitad de París se cuela en las calles y las casas, los hoteles y los cafés, las bibliotecas y los clubes nocturnos que habitó esa apabullante galería de excéntricos parisinos (pues todos ellos lo fueron, bien por nacimiento o por renacimiento). Y combina las cualidades que han convertido a Giuseppe Scaraffia en un preciado autor de culto: una erudición fuera de lo común, un vitalismo radical y el pulso, entre humorístico y tierno, del buen contador de historias. En definitiva, este libro no es el mero mapa de una ciudad o de un tiempo pasado, sino la representación vívida de una manera de entender el arte como una forma intensificada de la vida, y viceversa. «Scaraffia logra escribir un ensayo profundo y culto a partir de meras anécdotas, de acontecimientos grandes y no tan grandes, de detalles y rarezas, de ocurrencias y magdalenas. Y lo hace sin pedantería, a la ligera, como un Saint-Simon menos ácido o un Proust más sintético, lo cual no es poco.» Alberto Mattioli, La Stampa«Giuseppe Scaraffia nos ofrece una fascinante estampa de París, un mosaico de fotogramas de la vida de los artistas más jóvenes e innovadores de la época, en cuya existencia se entrelazan vicios, perversiones y genialidad. Con su evocadora y sugerente narración, Scaraffia transporta al lector a las calles parisinas gracias a una profunda investigación de las fuentes y las biografías de los artistas citados.» Ilaria Zapponi, Leggere a Colori