FULGENCIO

FULGENCIO
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Libro predilecto de su autor, de algunos de sus personajes y de comentaristas de su obra como Emmanuel Carrère, el propio Limónov citaría y glosaría repetidamente este «libro de profecías» como un canon. No sin motivo: veinte años después de haberlo imaginado, Limónov terminaría blandiendo armas de fuego, liderando marchas contestatarias y fundando un partido político de parias y artistas. Escrito en 1977 en una Nueva York fantasmática, poblada de seres a medio camino entre lo vegetal y lo animal, «Diario de un perdedor» es la expresión de las últimas voluntades de su autor en un momento en el que siente la urgencia de dar fe de no haber vivido en vano. Escrito, pues, para poder morir a la mañana siguiente, este opúsculo, este testamento, que no se publicó en Rusia hasta 1991 y se publica por primera vez entre nosotros, estará dedicado a «todos los perdedores» y se nutrirá de memorias, fantasías, sueños y bosquejos que tal vez habrían sido concebidos en verso si Limónov no se hubiera expatriado. Por pragmatismo, por el miedo, perfectamente fundado, a que su poesía no sobreviviera a una traducción, por el lógico estupor ante el inglés circundante, Limónov abandona la lírica para concentrarse en los géneros prosaicos, pero puede decirse que «Diario de un perdedor» es la última obra del poeta vanguardista Limónov, su poema definitivo.

Broche de oro a lo que se conoce como su «trilogía familiar» —la inaugurada por «La buena voluntad» y prolongada en «Niños de domingo»—, estas confesiones sirven al inmisericorde Bergman para desnudar, tan literal como figuradamente, al personaje más carismático de la saga, su madre. Al hacerlo, entrega también la pieza del enigma que se nos había negado hasta ahora, el adulterio. Anna lleva más de una década casada con el severo pastor Henrik Bergman cuando inicia una relación furtiva con un estudiante de teología mucho más joven que ella y buen amigo de su marido, por añadidura. Un encuentro casual con su viejo confesor de la infancia acelera la cadena de los acontecimientos, y es entonces cuando afloran de verdad la tensión y el rencor larvados largo tiempo en el seno del matrimonio. Armado de preguntas, con la ferocidad y la delicadeza a las que ya nos tiene acostumbrados en su feliz y fecunda última etapa literaria, Ingmar Bergman vuelve a adentrarse en la difícil relación de sus padres y firma una novela de sensibilidad, crudeza y elegancia abrumadoras, un acto de conciliación íntimo que es también el reflejo de un mundo ya desaparecido pero cuyos ecos siguen resonando aún hoy.

Todo empezó con una película de terror… «No es para tu edad, Miguel», me había advertido mi mejor amigo, el Pequeño Vampir, pero aun así nos atrevimos a verla. Los zombis nazis daban mucho miedo, pero, como solo era una película, tampoco pasaba nada. El problema es que aquellos seres horribles regresaron por la noche, en mis sueños… Inventé una puerta y se fueron, ¡menos mal! Pero, claro, yo no sabía adónde llevaba esa puerta… Y entonces vino a buscarme Margarito, preocupadísimo: ¡los zombis habían aterrizado en casa del Pequeño Vampir! Tras el éxito de las novelas gráficas para niños de Pequeño Vampir y la adaptación cinematográfica de la serie, Joann Sfar amplía el universo del personaje con esta serie de narrativa juvenil.

Uno de los más grandes enigmas literarios de Japón, desconocido en Occidente. «Kawasaki no envejece» (Kenzaburo Oe). Por vez primera se traduce la obra de Chotaro Kawasaki, exponente fundamental de la «novela del yo» y uno de los escritores más personales del siglo XX nipón, celebrado por sus contemporáneos tanto como por las generaciones recientes de narradores japoneses. Autor involuntariamente periférico, Kawasaki se exilió de las avenidas principales de la literatura de su país para vivir cuarenta años en una chabola de la pequeña ciudad portuaria de Odawara, donde escribió la práctica totalidad de su obra, a la luz de una vela y sirviéndose de una caja de mandarinas a modo de escritorio. Ex-trañamente vigente y jovial para el lector contemporáneo, Kawasaki celebra con estupor la morosa verdad de su vida insignificante. En sus páginas, dedicadas a desnudar sus intrincadas y casi siempre amargas relaciones con el breve mundo que lo rodea, rememora el fallecimiento de sus padres, que aún lo atormenta; cons-tata su propia decrepitud física, sin dejar de sentirse agradecido hacia la vida y ha-cia cuanto le rodea; relata sus paseos, sus quehaceres y, sobre todo, elabora una crónica exacta y concisa de sus visitas al barrio del placer de su pequeña ciudad provinciana. El premio Nobel Kenzaburo Oé comentó en una ocasión que Chotaro Kawasaki ha-cía algo imposible para los demás: regresar una y otra vez a un mismo suceso, aña-diendo en cada una de las aproximaciones un mayor encanto a la historia, un nue-vo brillo, una frescura recuperada. Como la hoja que cae sobre un estanque y provoca en el agua ondas concéntricas, que intersectan con las de otra hoja caída de la misma rama, cada relato de Kawa-saki va calando hondamente en el lector. De forma casi imperceptible, las ondas terminan por alcanzar la orilla de ese estanque que es la vida del autor, lo abarcan y lo definen, permitiéndonos asistir a uno de esos escasos fenómenos en los que la vida y la obra del autor son una única cosa. «Suyo es el dandismo de aquel que vuela a ras de tierra». —Tatsuhiko Shibusawa «Su devoción y su dedicación me hacen brotar las lágrimas». —Sūshei Tokuda «Existen muchos tipos de ángel, como se observa en los cuadros de Paul Klee; Ka-wasaki fue para mí un ángel». —Takashi Hiraide «El más entero, pese a caminar por la vida cabizbajo». —Kenta Nishimura

Obra central de su trilogía familiar y cumbre de la trayectoria de su autor, Niños de domingo es también la «novela del padre» de Bergman, tanto como Conversaciones íntimas será «la de la madre». Un fin de semana de verano y un entorno campesino, propicios a la fantasía y al nacimiento del deseo, son el marco elegido para el reencuentro con el pastor Bergman y la carismática Karin. Su hijo menor tiene ocho años y nació en el último día de la semana; es por eso que este «niño de domingo» puede ver espíritus, fantasmas y trasgos, aunque los adultos se empeñan en dictar los límites de la realidad: «No hay fantasmas, no seas bobo, ni demonios ni muertos que abran sus bocas ensangrentadas al sol». El miedo a la vejez (que siempre es escatológica) y a la muerte, el primer despertar sexual y una temprana crisis de fe asaltan al pequeño Pu, que no es otro que un jovencísimo Ingmar, aunque «cada niño en la obra de Bergman —nos dice Margarethe von Trotta— es él mismo». El estilo de este Bergman ya anciano es paradójicamente juvenil, se diría desaliñado, poco dado a perfilar lo ya escrito, y por eso mismo es ágil, es incisivo, y vibra, cuando no aletea. Una engañosa sencillez y la sensualidad propia de la mirada infantil gobiernan el planteamiento, y un puente invisible acaba uniendo esta obra maestra con aquella otra sembrada de Fresas salvajes.

«El libro de las aguas es un libro inclasificable, el más hermoso a mi juicio». —Emmanuel Carrère Escrito en un raro estado de gracia, Eduard Limónov afrontó el que para muchos es su mejor libro mientras se hallaba encarcelado en una prisión militar, acusado de terrorismo y tráfico de armas. Buceando una vez más en su apasionante y copiosa biografía, desatendió por una vez cualquier continuidad cronológica y geográfica para utilizar el agua —mares, ríos, lagos, estanques, piscinas, fuentes— como elemento conductor del relato. Poético y crudo a un tiempo, Limónov describe con estas palabras el contenido de El libro de las aguas: «He tratado de pescar en el océano del tiempo las cosas verdaderamente esenciales para mí y, releídas las cuarenta primeras páginas del manuscrito, no he podido hallar más que mujeres y guerra: he ahí el modesto resumen de mi vida».

Un chapín es un tipo de sandalia española con alzas, y «chapines» es como se conoce a los guatemaltecos en buena parte de América. Un apelativo de doble uso, a veces arrojado con desprecio, otras esgrimido con orgullo, que nos da una de las claves de este rompecabezas obtenido por decantación. No otra cosa es la literatura en Eduardo Halfon: fragmentos a su imán, el cuento entendido como una forma de biografía íntima y fragmentada. El resto de las claves se halla en cada uno de los títulos de este tríptico esencial: su doble identidad de judío y latinoamericano (triple o cuádruple si contamos EE.UU. y España como patrias de adopción) es el vórtice sobre el que giran todos sus relatos; tradición y otredad, lenguajes inventados; el dibujo como forma de representación, reflejo de la mudez de la infancia. Y la violencia, el espectro de la violencia, la fiesta de la violencia y la destrucción como un valle ignoto y feliz.