EDHASA
Agualusa es un traductor de sueños. La sociedad de los soñadores involuntarios es una novela tejida con los más delicados materiales de la poesía´ Mia Couto Aunque lleva muchos años separado, a Daniel Benchimol, periodista y gran lector, le llega el momento de firmar el divorcio. El trámite lo abruma: lo cumple y se larga a la ruta; recién se detiene cuando llega a un hotel frente al mar. En ese lugar perdido, y por una sorprendente serie de azares, cuando pensaba que nada le quedaba por descubrir, su vida recomienza. Benchimol sueña con personas que no conoce, con las cuales conversa y de las que noche a noche reconstruye su vida; el dueño del hotel, Hossi Kaley, un hombre de oscuro pasado, aparece en los sueños de otros de manera obsesiva; Moira Fernandes, una renombrada artista plástica, fotografía sus propios sueños; Hélio de Castro, un científico brasileño, perfecciona una máquina capaz de filmarlos. Con su maestría habitual, José Eduardo Agualusa hace que estos personajes confluyan en una trama perfecta. Los misterios de la noche abren la puerta a la violenta historia de Angola; personas que se suponían muertas o desaparecidas cambian el curso del presente; un régimen político colapsa; la soledad es rescatada por el amor; aunque vacilante, el futuro parece ser mejor. Fresca e irónica, a menudo sorprendente, La sociedad de los soñadores involuntarios, es una novela fabulosa.
Hay un problema con los nombres de los pueblos y las ciudades, pero alguien ha pensado en la solución. El problema es que suenan viejos: no atraen al turismo, no atraen inversiones, languidecen, como sus habitantes. La solución es el cambio, renombrarlos, buscar un patrocinador corporativo. Liverpool podría ser Liverpool Stella Artois; Nothinghamásería, por ejemplo, Nothingham IBM.á Y así sucesivamente. La idea es de Miles Platting, profesor y experto en literatura que ya no valora ese saber. Su compromiso actual es con la renovación de lo antiguo; en alianza con el avasallante poder del dinero. A Miles le lleva poco tiempo descubrir que muchos se oponen a su proyecto. Los considera nostálgicos, reaccionarios, fracasados. Hay violentas discusiones, amenazas, atentados. Lo que está en juego es prácticamente vender la historia y el lenguaje a las empresas. Ante tamaña entrega, acaso sea mejor la resistencia o el silencio, renunciar al habla. La disyuntiva está servida. William Thacker escribió una novela sorprendente, elegante y concisa. Con lucidez e ironía, Lingua Franca desnuda una de las batallas del presente: el imperio de lo económico y de la novedad que lo conquistóátodo, empezando por nuestras palabras.
Publicada por primera vez en 1950, cuando la electrónica digital estaba en su infancia, Yo, robot resultó visionaria. Su influencia, de hecho, fue enorme, y no sólo en toda la ciencia ficción posterior, sino también en la propia ciencia de la robótica. Aquí formuló Asimov por primera vez las tres leyes fundamentales de la robótica, de las que se valdría para plantear interrogantes que se adentran en el campo de la ética y de la psicología: ¿qué diferencia hay entre un robot inteligente y un ser humano?, ¿puede el creador de un robot predecir su comportamiento?, y ¿debe la lógica determinar lo que es mejor para la humanidad? A través de una serie de historias conectadas entre sí por el personaje de la robopsicóloga Susan Calvin, en las que aparecen todo tipo de máquinas inteligentesrobots que leen el pensamiento, robots que se vuelven locos, robots con sentido del humor o robots políticos, Asimov inventa unos robots cada vez más perfectos, que llegan a convertirse en un desafío para sus creadores. Con todo, Yo, robot es uno de los pocos títulos de ciencia ficción que han superado con amplitud el círculo de lectores especialmente aficionados, entre los que a menudo se considera una obra cumbre.
Dibujante impar, Pablo Bernasconi ha concebido un libro al mismo tiempo delicioso e insólito. Es una colección de retratos de Picasso, Rocky Balboa, Maradona, Clint Eastwood, entre otros, y para cada uno de ellos encontró un recurso original, un giro inesperado y sorprendente. No son caricaturas, no son ilustraciones, no son fotografías, es una nueva forma de concebir el retrato, que exige del lector una mirada activa para recoger las pistas con las que cada imagen nos desafía.
Este libro te enseñará a utilizar la tecnología y aprovecharla sin que ésta te domine a ti. «Enamorados de la distracción es un enfoque atento a la tecnología digital. En lugar de rechazar la tecnología en la búsqueda de la auténtica experiencia mítica, Pang quiere limpiar la confusión que ha creado». – The New Yorker. Todos nos hemos encontrado presos de la ansiedad cuando nuestro navegador se demora unos segundos más de lo habitual. O furiosos porque la conexión de internet de nuestro teléfono celular no es tan veloz como nos habían prometido. Es un hecho que los dispositivos móviles y la web ya son parte de nuestras vidas, pero la pregunta clave es: ¿podemos permanecer conectados sin disminuir nuestra inteligencia, capacidad de concentración, y la capacidad de llevar una vida auténtica? ¿Pueden las tecnologías de la información ayudarnos a ser más productivos o creativos? ¿Podemos tenerlo todo?
¿Por qué celebramos la reedición de los cuentos de Graham Greene? Porque considerándonos asiduos lectores de cuentos creemos que en un top ten mundial al menos tres de sus relatos deberían estar, antes o después de alguno de Borges. En cierto sentido sus cuentos son objetos más exquisitos que los borgeanos, por el simple hecho de que parecen escritos de una sentada y porque a cada línea no hacen pensar en el virtuosismo del ejecutante verbal que dicta las palabras. Pero en un sentido los preferimos porque Greene se parece más a nosotros: ama la aventura y su retroalimentación literaria que no proviene de los libros que ha leído, sino de lo que ha visto y oído (o imaginado ver y oír). En cuanto a la selección, lo que me guio fue la arbitrariedad del gusto personal, pero con la certeza de que un solo cuento es capaz de contener a todo Greene: sus obsesiones que se parecen tanto a las nuestras, sus preferencias que se parecen tanto a las nuestras, su modo de hacer sobrevolar la mirada sobre los acontecimientos sin tomar partido que se parecen tanto al modo que hacemos que sobrevuela nuestra mirada. Con la diferencia de que nosotros somos incapaces de escribir cuentos como los suyos. Por otra parte: ¿para qué lo haríamos, si ya están escritos? Festejemos, entonces, brindemos y gocemos. Y leamos.
