ABADA
Escenas de la vida en Londres por «Boz» es la primera traducción española de los veinticinco Esbozos que Charles Dickens, bajo el pseudónimo de «Boz», dedicó al Londres de los aprendices y oficinistas, de los juzgados y los periódicos, de las crónicas parlamentarias y las cenas benéficas, de los teatros, de la feria de Greenwich y el circo Astley, de los jardines públicos y las licorerías, de los viejos coches de punto y los nuevos ómnibus. Reunidos por el propio autor en Sketches by boz, Illustrative of Every-day Life and Every-day People (1836) e ilustrados con los magníficos grabados de George Cruikshank, los Esbozos son la obra menos conocida de Dickens que, no obstante, permite entender el modo en que el reportero comienza a convertirse en un autor literario que ya da muestras de su capacidad para representar la vida corriente sin perder detalle a través de un ingenioso narrador que divertirá y emocionará al lector con su ironía y sentimiento.
Instrucciones para fracasar mejor es un ensayo que, como explica el subtítulo, pretende ser «una aproximación al fracaso». El lector encontrará aquí un estudio sobre la etimología de fracaso y sobre el papel del fracaso en la filosofía, en la literatura y, ya metidos en harina, en todos los ámbitos de la vida, incluyendo el proceloso mundo de internet o los tan enternecedores libros de autoayuda. Pero además de informar sobre el fracaso en todas sus vertientes, en este libro se incluyen, como el título promete, unas precisas instrucciones para fracasar mejor, siguiendo el imperativo del poema de Beckett: «Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor».
Un experimentado ingeniero civil y profesor universitario presenta las claves de la física y otros fundamentos compartidos por las diferentes ramas de la ingeniería. Alejado de las exposiciones áridas y tediosas, el libro utiliza ejemplos de la vida real para demostrar cómo el modo en que piensan los ingenieros puede hacernos entender el funcionamiento de las cosas.
Este es el primer ensayo sistemático sobre el robo de libros, realizado con rigor pero contado con humor, donde se recoge, con vocación de taxonomista, todas las variedades existentes de ladrones de libros, así como la valoración de este tipo de robo y de otras actividades vinculadas con el mismo, como la mutilación, el préstamo sin devolución y el plagio.
Los sabios normalmente prefieren hablar sobre la sabiduría en lugar de sobre la estupidez. En consecuencia, cuando el «discípulo de Hegel y profesor en la Universidad de Halle» Joh. Ed. Erdmann anuncia en 1866 su tema, éste es recibido con carcajadas. ¿Por qué? Una de las razones, tal como el propio Erdmann reconoce, podría ser que el tema de la estupidez nos recuerda nuestros propios defectos. Volvernos «sensatos» es un largo proceso: en la estupidez percibimos un poco «los sonidos de la antigua patria, que nos agradan como el dialecto patrio largamente no escuchado». De esta manera, nos reímos con cierta melancolía: así hemos sido también nosotros mismos, o «esto pudo habernos pasado de niños». Y al mismo tiempo encontramos placer en las estupideces, porque ellas son la prueba directa de que hemos abandonado ese estadio. Pero la estupidez también puede enfadarnos. Al ser precisamente la expresión de la ignorancia y la inmadurez, despierta impaciencia en aquellos que tienen una completa y libre disposición sobre su capacidad de juicio. No puede ser casualidad que toda la gran literatura haya sentido siempre una fascinación especial por lo grotesco, lo idiota o lo estúpido en el sentido más extremo de la palabra. Cervantes, Hölderlin, Falubert, Thomas Mann, Proust. ¿Por qué? ¿Por qué fascina la estupidez? Quizás sea porque ella es más que una simple etapa en el desarrollo del pensamiento, y lo amenaza siempre desde dentro.
